En los últimos años, con el predominio de la estética minimalista y las superficies lisas, estos elementos pasaron a un segundo plano. Hoy, sin embargo, resurgen con una nueva lectura: no como ornamento nostálgico, sino como instrumentos precisos para articular el espacio, definir jerarquías visuales y otorgar carácter a los interiores contemporáneos.

La moldura como gesto arquitectónico
Una moldura no es solo un listón adherido a la pared. Es, en términos arquitectónicos, una transición: el punto donde un plano termina y otro comienza, donde la pared se separa del techo, donde el suelo encuentra el zócalo. Cuando ese encuentro se resuelve con precisión, el espacio gana coherencia. Cuando se ignora o se ejecuta de manera descuidada, el resultado es una ambigüedad visual que el ojo registra aunque la mente no siempre identifique.
Las molduras de cornisa, por ejemplo, suavizan la transición entre el plano vertical y el horizontal, aportando una sensación de cierre que hace las estancias más envolventes. Las molduras de zócalo, por su parte, protegen las superficies al tiempo que anclan visualmente los muebles al suelo, reforzando la idea de estabilidad que define cualquier interior habitable.
Remates: donde termina el diseño
Si las molduras articulan las transiciones, los remates son los puntos donde el diseño declara su intención final. El modo en que termina una estantería, cómo se cierra el frente de un armario empotrado o de qué forma se resuelve el encuentro entre dos materiales distintos determina si el conjunto resulta elaborado o precipitado.
Los remates bien diseñados son invisibles en el mejor sentido posible: no distraen, sino que permiten que el ojo recorra el espacio sin tropiezos. En los interiores de mayor calidad, estos elementos se estudian con la misma atención que la distribución general o la selección de materiales. No son un añadido final, sino parte integral del proceso de diseño.
El borde como línea que ordena
Los bordes —en encimeras, escalones, ventanas o pavimentos— son las líneas que el espacio utiliza para organizarse. Un borde recto y limpio transmite rigor y contemporaneidad. Uno ligeramente redondeado sugiere suavidad y hospitalidad. Uno biselado introduce un juego de luz que anima las superficies.
Esta aparente pequeñez no debería engañar: en espacios reducidos, donde cada centímetro cuenta, la elección del perfil de borde puede hacer que una encimera parezca más esbelta o más robusta, que un escalón invite a ascender o simplemente indique dónde termina un nivel.
Una tendencia que mira al pasado con ojos contemporáneos
El renovado interés por estos elementos no responde a una moda pasajera, sino a una comprensión más madura del diseño de interiores. Después de años de purismo estético, los proyectos residenciales más interesantes recuperan la riqueza táctil y visual que ofrecen los detalles bien resueltos, integrándolos en lenguajes actuales y sin caer en la reproducción historicista.
Molduras pintadas en el mismo tono que la pared para fundirse con el conjunto. Remates en latón que se convierten en el único acento metálico de una estancia. Bordes de pavimento que marcan sutilmente zonas funcionales sin necesidad de tabiques. En todos estos casos, el detalle no decora: estructura, orienta y da sentido al espacio que lo contiene.
Al final, la arquitectura doméstica más memorable no se recuerda solo por sus grandes gestos, sino por la inteligencia con la que resuelve lo pequeño. Y es precisamente ahí, en esa escala casi imperceptible, donde el espacio revela su verdadero nivel de cuidado.